
«La vida pasa en la espera: la arrugas y la tiras como un papel, como un borrador, para que llegue el momento del manuscrito en limpio. Pero no se puede vivir en limpio»
(Shklovski, Érase una vez, 2012:123)
Este volumen está compuesto por dos libros autobiográficos del formalista ruso Víktor Borísovich Shklovski (1893-1984) de etapas diversas. Por un lado, La tercera fábrica es de 1926, cuando Shklovski tenía 33 años. Las «fábricas» son etapas o dimensiones de la existencia: la primera es la familia y la escuela, la segunda la agrupación OPoYaz (Sociedad para el estudio del lenguaje poético) y la tercera el libro y la vida en general. Por otro lado, Érase una vez, de 1964, cuando Shklovski ya tiene 71 años y describe con mayor detalle el movimiento futurista, el formalismo, la vida y muerte de sus amigos, su experiencia en la guerra y su visión teórica de la literatura.
Ambos están muy bien redactados en secciones brevísimas, pero bien cuidadas, con anécdotas de su vida y de la historia de Rusia en las cuales se esfuerza por reconstruir la visión que tenía él en ese momento de lo que ocurría. Saltan a la vista su admiración por V. V. Mayakovski, su amistad con el cineasta S. Eisenstein, el respeto por su padre (un maestro judío convertido al cristianismo que pasó penurias económicas la mayor parte de su vida y murió atropellado por un tranvía). Shklovski se describe como un estudiante mediocre, muchas veces expulsado de colegios y que soñó con exámenes que fracasaba hasta sus setenta años.
El libro me conmovió muchas veces por su relato de la pobreza de su infancia, por la amistad y admiración que tiene de otros artistas, por su visión del arte como una tarea colectiva. Me gustó su respetuosa descripción de su maestro polaco J. N. I. Baudouin de Courtenay pese a sus obvias diferencias teóricas. Me gustó su autocrítica al proyecto formalista. Me impresionó la omnipresencia de L. Tolstói como el gran autor ruso y de A. Pushkin como el modelo de genio. Pero también aprendí de las vidas tan particulares del poeta simbolista Aleksandr Blok (yerno del químico D. Mendeléyev), de la personalidad extravagante de V. Mayakovski. Asimismo, noté cosas que no eran evidentes para mí: el nombre germánico de San Petersburgo (que Shklovski llama “Píter”) y que pasó a llamarse Petrogrado en un tiempo. Su cercanía con Finlandia al punto de tener algunos nombres finlandeses. Me sorprendió que Shklovski describiese a Lenin como pelirrojo y como un “profesor”. Me quedó la sensación de que los movimientos literarios rusos serían el realismo, luego el simbolismo, luego el futurismo y quizá a otro nivel el formalismo. El futurismo nació con los hermanos ucranianos Burliuk y tomó impulso con Mayakovski. Me dio risa que su manifiesto se llamase “Bofetada al gusto del público”. Eso evidencia la idea rupturista de ese movimiento. El extrañamiento por el que se hizo famoso Shklovski tiene que ver con el opuesto del automatismo. Implica dilatar la experiencia lingüística para que el lector/oyente se demore captando mejor su sentido y eso implica usar nuevas imágenes, un lenguaje distinto al normal, una nueva “forma”. Creo que Shklovski lo logra muy bien en sus entrañables memorias. Para cerrar, un detalle, la traducción está hecha del ruso al rioplatense y fluye muy bien.
Edición leída: Shklovski, V. (2012), La tercera fábrica / Érase una vez. Fondo de Cultura Económica. Traducción: Irina Bogdaschevski. Revisión: Fulvio Franchi.
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