Nada más refrescante para combatir los últimos días de Junio y los restos de las Hogueras alicantinas que unas buenas lecturas de ciencia ficción.
Leer ciencia ficción, a secas, siempre es un ejercicio de agilidad imaginativa, que nos invita a pensar en lo implausible sin recurrir a la magia y a la fantasía. Por ello, para este grupo de aficionados a la literatura, la misión de buscar obras de ciencia ficción en las que África estuviera presente de un modo u otro supuso además una invitación a romper con nuestras fronteras y a adentrarnos en las letras de autores hasta ahora desconocidos, como en el caso de Nnedi Okorafor o Tade Thompson, o conocidos pero pendientes de destripar, como Octavia E. Butler. Se puede adelantar que la búsqueda fue de sobra fructuosa.
Comenzamos la tertulia con Binti, de Nnedi Okorafor, sugerida por Luc. La historia gira en torno a una adolescente, Binti, que escapa de su casa para ir a estudiar a una prestigiosa universidad intergaláctica contra la voluntad de sus padres, al puro estilo coming-of-age. A ello hay que sumarle grandes naves espaciales, viajes interplanetarios, ciencia hiperdesarrollada, artefactos misteriosos y la presencia de diversas razas y especies inteligentes, aparte de la humana.
A nivel más profundo, una de las tramas secundarias de la historia se centra en la crisis identitaria que la protagonista arrastra consigo y que –presumiblemente– irá superando a lo largo de los libros que componen esta trilogía. Se insiste constantemente en la idea de que estudiar allí no es algo propio de su gente, que no es habitual que las personas como ella, de su tribu, alcancen esa institución. Por ello, su ingreso se percibe como algo transgresor desde fuera (lo cual se aprecia en las interacciones que tiene con los seguratas cuando se dispone a subir a la nave que ha de llevarle hasta la universidad), pero también se refleja en su conflicto interno. Binti no se arrepiente de su decisión, pero tampoco le ha sido fácil tomarla. De hecho, tan relevante es este conflicto identitario que el propio título de la novela y nombre de la protagonista, “binti”, significan “hija de” en swahili. Nos quedó la duda de si era una casualidad, puesto que en la novela ella es de la tribu de los himba (que en el libro comparte casi todas las características de los auténticos himba).
Luc subrayó también la relación entre el pelo de la protagonista, untado con una tradicional mezcla himba formada por arcilla y otras sustancias, y el rol que toman las medusas en el libro, unas criaturas que se dedican a atacar a los humanos y a otras especies. En general, el pelo adquiere relevancia desde muchas perspectivas. Por una parte, sirve para evidenciar lo fuera de lugar que se encuentra la protagonista, puesto que allá donde va, la gente comenta sobre su apariencia, lo distinta que es al resto. Por otra parte, la presencia de ese ungüento arcilloso en el pelo casi recuerda a las raíces de un árbol hundiéndose en la tierra, a las raíces metafóricas que le unen con su familia y de las que, a pesar de su partida, ella se siente orgullosa.
Ello nos llevó a recordar la desagradable situación de sentirse, o mejor, que te hagan sentirte extranjero cuando, de hecho, eres extranjero. Esto es, la sensación de que tu condición de foráneo es percibida por los locales y tan desagradable para ellos que no pueden evitar hacértelo saber. En particular, Joaquín mencionó el libro Hija de inmigrantes, de Safia El Aaddam, donde relata la doble discriminación que sufren muchas mujeres de familias musulmanas criadas en Europa: por una parte, como inmigrantes. Y, por otra parte, como herederas de una cultura tradicionalmente machista, con la que tienen que convivir hasta que puedan independizarse.
Después, Luc trajo a colación el rol que juega en la historia el edan, el amuleto que tiene la protagonista y que resulta ser crucial en la trama. Como Luc era el único que había leído el libro hasta el final, los demás le pedimos que nos destripara algunos enigmas que quedan abiertos en las primeras páginas de la historia. Joaquín aprovechó para contar varias anécdotas sobre la relevancia que esta clase de amuletos pueden llegar a tener en la vida de las personas de muchas tribus africanas, donde el chamanismo sigue siendo muy respetado.
Llegados a este punto, Mª Carmen alegó que no le había acabado de convencer el estilo de la autora, que explicaba demasiado las circunstancias, exigiendo poco esfuerzo mental al lector para comprender lo que estaba pasando. Ella opinaba que parte del atractivo de la ciencia ficción es esa incómoda situación en la que ubica a los lectores, quienes –sobre todo durante las primeras páginas– tienen que involucrarse activamente en la lectura para no perder el hilo de los acontecimientos, ni el funcionamiento del mundo en cuestión. A ese respecto, Nnedi Okorafor se encuentra en el extremo opuesto de Tade Thompson, el otro autor que estaba hoy sobre la mesa y cuyo libro, Rosalera, dejaba muchas más incógnitas abiertas.
Una de las cuestiones centrales que debatimos fue cuál es el futuro de la ciencia ficción. Hace unos años, cuando se proyectaba que en el 2020 todos iríamos en coches voladores y cuando la tecnología aún era vista con optimismo como una fuente inagotable de avances para la humanidad, la ciencia ficción se dedicaba a jugar con esas posibilidades, a romper con la fantasía como pavoneándose de sugerir futuros que podían llegar a ocurrir, que podían, algún día, ser materialmente factibles. Sin embargo, en los años recientes, parece que la única posibilidad que queda para la ciencia ficción es la distopía. Ya nadie se imagina el uso de la tecnología para algo que no implique el empeoramiento de la raza humana o su puesta en jaque o algún otro escenario de guerra y miseria. Algunos autores, como Frederic Jameson y, en español, Franciso Martorell Campos (en su libro Contra la distopía), han sostenido que contemplar la distopía con resignación, como único futuro posible, es seguirle el juego al capitalismo.
Y, si hay que ser valiente para ir contra esa tendencia y volver a hablar de utopía (tal vez ni siquiera de utopía, solo de ligeras mejoras, de futuros no catastróficos), ¡cuánto más valiente hay que ser para imaginar el futuro desde África! Rompiendo con tantas barreras, estereotipos heredados y autoimpuestos y limitaciones sociales, desde un continente olvidado por el primer mundo salvo para obtener réditos económicos de su explotación.
Continuamos la tertulia con Rosalera de Tade Thompson, autor británico de origen nigeriano. En un futuro distópico, en el cual la información y los datos son esenciales, el protagonista trabaja en la “seguridad” de un banco: para evitar asaltos a las bases de datos del banco, las inunda con ruido blanco, con cantidades ingentes de información que saturen a los posibles asaltantes. Y ese “ruido blanco” acaba siendo la Política de Aristóteles, o el Hamlet de Shakespeare, lo que ahora son los clásicos de la literatura y de la filosofía. La situación resulta particularmente aterradora porque no es del todo descabellada. Cada vez menos gente lee a los clásicos. Incluso su estándar de “clásicos” parece estar disputado. Luc arguye que son clásicos mientras tengan algo que aportar a quien lo lea, a través de los años y los países. ¿Pero podría llegar el día –acaso ha llegado ya– en el que alguien lea la Ilíada o el Quijote y no sienta nada? Los clásicos interpelan a lo más profundo de nuestra esencia como seres humanos, por eso son intemporales. ¿O acaso el problema es que esa clase de interpelaciones se realizan ahora por otras vías, como el meme? Lo que hace que un meme sea un “clásico” es que sea, como se dice en inglés, “relatable”, esto es, que todo el mundo pueda sentirse identificado con él de alguna forma. ¿Son los memes los nuevos clásicos? Tal vez se trata de dos ámbitos incomparables –literatura y redes sociales–, pero la pregunta queda abierta.
A raíz del libro de Thompson también resaltamos la gran insensibilidad que el protagonista había desarrollado hacia las emociones ajenas porque, debido a su trabajo, entraba en contacto con gran cantidad de pensamientos y vivencias de personas y había aprendido a no dejarse afectar por ellas. No es nada nuevo que un pescadero se insensibilice al olor de los peces, o que un abogado penalista ni tiemble al oír el relato del asesinato más escalofriante. Pero nos referimos a otro fenómeno. ¿Estamos, como sociedad, perdiendo la sensibilidad al dolor ajeno?
Las tasas de suicidio y depresión de los países WEIRD (por sus siglas en inglés, Western, Educated, Industrialised, Rich y Democratic) no paran de alcanzar picos históricos año tras año, y la tendencia es al alza. La desigualdad social y la brecha entre clases han causado un gran aumento en la mendicidad, que parece haberse traducido en una mayor indiferencia por parte del resto de personas frente a las personas afectadas por estas circunstancias. ¿Será un mecanismo de defensa emocional? ¿”Ojos que no ven, corazón que no siente”?
La presencia de parias sociales y mendigos no es nada nuevo. En relatos tan antiguos como la Ilíada o la Biblia son frecuentes las escenas en las que éstos aparecen, bien recibidos con desdén y maltratados (por personajes cuyo comportamiento se suele mostrar como reprobable) o bien beneficiarios de la hospitalidad y la caridad obligatoria por la tradición y la religión, cuyo ejercicio siempre es símbolo de virtud. Sin embargo, la situación actual es bien distinta. Por una parte, las reglas sociales y religiosas que imponían la caridad han ido diluyéndose de la mano del individualismo egoísta que ha acabado por imponer el capitalismo. Por otra parte, lo que de generosidad natural pudiera quedar en nosotros, como parte de nuestra sensibilidad humana frente al dolor, se ha ido viendo asfixiada por la vida en las grandes urbes, donde se ha perdido el sentido de pertenencia a una comunidad, en la que nada de lo que ocurre se percibe como irrelevante puesto que la persona se comprende a sí misma como la parte del todo.
En fin, tal vez la situación no sea tan crítica como he podido pintarla. Pero todos estuvimos de acuerdo en que algo ha cambiado y en que, por algún motivo, estamos efectivamente insensibilizándonos frente al dolor ajeno. Hasta qué punto, está por ver.
Como se suele guardar lo mejor para el final, en tercer lugar comentamos Hijo de sangre de Octavia E. Butler. La primera impresión fue casi unánime: uno de los principales sentimientos que consigue despertar este relato es el asco. Un asco intencionado y muy bien conseguido, tanto por las descripciones literales de los diversos procesos fisiológicos que describe –una suerte de partos por cesárea realizados a varones humanos que han estado incubando las larvas de un extraterrestre–, como por la idea de que ello ocurra, de ser utilizados como entes de crianza por otra especie.
En seguida pasamos a comentar el significado del texto. ¿Se trata acaso de un alegato antirracista que busca evidenciar las relaciones de poder que pueden llegar a normalizarse entre una raza, que se pretende superior, y la otra, subordinada? ¿O es más bien un manifiesto feminista, un experimento que pretende insinuar al lector lo que ocurriría si fueran los hombres los únicos capaces de dar a luz? Para ello, no podíamos sino mencionar el epílogo. Leer o no leer el epílogo, esa es la cuestión. Y es que la interpretación que la propia Octavia da de su relato diverge de la perspectiva que nosotros mismos habíamos tomado. Ella se apresura a afirmar que no es un relato feminista ni antirracista, que es un mero juego mental que ella había desarrollado a partir de una idea que se le cruzó por la cabeza. Pero nosotros no podemos verlo de ese modo. La distinción entre gestante y no gestante, humano y no humano, guarda demasiadas semejanzas con los motivos de discriminación en el mundo real como para obviarla. Pronto llegamos al consenso de que, una vez que el autor publica su obra, ya no es dueño de ella. Recuperando la tesis de antes sobre los clásicos, éstos no son propiedad de los autores, sino de los lectores, que tienen poder para interpretarlos como quieran. Por eso Octavia es quien es. Porque sus obras, en las que aprovecha con maestría las herramientas estilísticas de la ciencia ficción, nos hacen replantearnos el presente, nuestras relaciones, las estructuras sociales que regulan nuestra vida. Eso es lo que nos aporta un clásico, aunque no fuera la intención del autor.
Todavía inmersos en la “etapa africana” de esta tertulia, seguimos buscando nichos que nos saquen de nuestras lecturas tradicionales y nos abran nuevas puertas. Con ello en mente, nos vemos en la próxima reunión: “lo femenino en el África oriental”.

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ResponderEliminarQué bueno volver a leer CF, la verdad es q siempre podemos sorprendernos, para mi la CF es un refugio de la juventud, las tardes tórridas de verano donde lo único q podías hacer era tumbarte con un libro y escapar
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