La última vez Daniel nos dejó el desafío de abordar un color con algunas restricciones. Es cierto que esas restricciones ya estaban en el aire en verde, cuando todos evitamos a García Lorca sin necesidad de decir nada. Pero los tertulianos están sedientos de desafíos y nuevas experiencias estéticas, quizá sea por ello que tras blanco, rojo, verde y este azul, nos despedimos de los colores.
Para abordar la última de esta serie de tertulias dedicadas a los colores Joaquín propuso “Azul de Prusia” de Benjamín Labatut; Luc propuso “El hombrecito del azulejo” de Manuel Mujica Láinez y Daniel “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar. Esa tríada sudamericana, sumado al color nos hizo hablar mucho de literatura argentina desde el primer momento. Así Borges aparecía como un fantasma en la conversación y la pregunta sobre la posibilidad de una literatura argentina del siglo XVIII (es decir antes de la existencia de Argentina propiamente dicha) quedó abierta, pese a los intentos de respuesta.
Pero mejor empecemos por el texto que propuso Joaquín: “Azul de Prusia” es una narración magistral que hace honor a una tertulia basada en colores porque no sólo se habla del Azul sino del Verdor terrible que da nombre al libro del que está tomado y que ofrece una continuidad con nuestro encuentro previo. Labatut entremezcla con habilidad el juicio a los nazis, la búsqueda de pigmentos, el genocidio, el descubrimiento científico, el Nobel de química, la ambigua heroicidad de quien crea algo que mata tanto como ayuda a vivir, el que crea destruyendo y el que crea a pesar de querer destruir. La historia se mezcla con el titular, porque el juicio a un Göring al que le gusta disfrazarse de Nerón se une la noticia del argentino que gasta 600.000 euros en uniformes del propio Göring. El azul de Prusia que surge del arte se convierte en las pastillas de cianuro que se entrega a los nazis luego de un concierto en el que se tocan obras de Beethoven y Wagner.
Tras reconocer el carácter brillante de la prosa labatutiana, Humanista dice que hay también un elemento de perversidad en el modo en el que es relatado el hecho histórico, mezclando a por ejemplo, Rommel con el resto de los nazis. O cuando acusa a los españoles de robarles a los americanos y monopolizar el uso de la cochinilla como colorante textil. Aquí Rodrigo introduce la cuña de la imperiofobia/imperiofilia, y se barajan los nombres de Elvira Roca Barea, Carmen Iglesias y Arturo Pérez-Reverte. Luc coincide en que hay una ambigüedad moral en todo el texto, por momentos parecería en que se hace hincapié en que es un judío el que crea lo que se usa contra los judíos. Por momentos la serie de hechos hilados brillantemente le recuerda a los vídeos cortos de datos curiosos de la historia. Humanista vuelve sobre esa idea y dice que probablemente más que perversidad sea frivolidad. Joaquín procura encausar la conversación hacia una pregunta concreta sobre los límites morales de la novela, a la que la respuesta parece ser –incluso en la histórica— de que estos son escasos o nulos. El imperativo del autor es entretener, no necesita más.
Menciona el caso de la novela histórica posmoderna de Eloy Martínez y menciona la diferencia entre el aparato lector impuesto en cada uno de nosotros por la cultura, la educación, el contexto sociohistórico. Humanista, haciendo caso a su apodo le pregunta retóricamente si somos tan distintos.
Mujica Láinez con su cuento tomado de Misteriosa Buenos Aires, nos vuelve a instalar en la cuestión de la narrativa histórica. Él nos cuenta cómo en la Buenos Aires de 1875, Martinito, el hombrecito del azulejo, salva la vida de un niño al que los doctores Pirovano y Wilde habían desahuciado. Todos coincidimos en subrayar el tópico de la burla de la muerte. Pero de algún modo volvemos sobre la cuestión histórica, sobre quiénes fueron los primeros en escribir en Argentina, aunque aún no existiera la del país como idea. Joaquín remarca que había literatura de viajes, pero ni Humanista, ni Luc se quedan satisfechos con la respuesta. Se habla del exterminio de los pueblos originarios y Joaquín recomienda Fuegia de Eduardo Belgrano Rawson.
Pese a que Daniel no está, sí nos dejó un cuento “Continuidad de los parques”, cuento que tenía más ganas de comentar, de lo que tiene de azul (una sala). Luc dice que el cuento es como una cinta de Moebius, tema que le gustaba a Cortázar y que manejaba con maestría. Si bien es un recurso muy usado, no lo era tanto en tiempos de Cortázar. Luc insiste en que el cambio de perspectiva el autor de Rayuela lo manejaba con una habilidad notoria. Cree que el mejor ejemplo es el cuento “La segunda vez” donde se pasa de la perspectiva de la víctima a la del victimario a mitad de párrafo con una naturalidad que asombra.
Tras algunos comentarios diversos que incluyen desde la diversidad de caracteres y perspectivas de América Latina hasta el rol de Francia como modelo para algunos países y como difusor de autores de Europa del Este como, por ejemplo, Ismael Kadaré (que en nuestra tertulia sorprendentemente ha sido leído por casi todos) se empezó a pensar en la próxima.
No es raro entonces que, después de haber hecho un repaso a los grandes de la literatura argentina (Sábato incluído) lleguemos a Sebreli y su visión crítica de todos estos panteones: Luc lo menciona a propósito del libro El olvido de la razón.
Humanista o quizá Rodrigo dijeron de abandonar los colores, que ya se había cumplido un ciclo. Luc tenía pensado “amarillo, ni oro, ni sol” en la misma tónica que este encuentro, pero Joaquín coincidió en que hay que romper los esquemas para mantener la tertulia viva. Así que Luc volvió a la carga con otra propuesta: África. Argumentando que los próximos temas puedan ser ámbitos de los que uno tenga un déficit en lugar de cosas muy conocidas. La tertulia como instrumento de aprendizaje. Veremos qué aprendemos la próxima.
Víctor Darío Rubenugo
(coordinador)

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